Jurado | Actualización : 06.05.19 . 15:28

Encuentro con Donald Sutherland, miembro del Jurado de los Largometrajes

Donald Sutherland, Miembro del Jurado de los Largometrajes

Donald Sutherland, Miembro del Jurado de los Largometrajes © Alberto Pizzoli / AFP

Nació en el periodo entre las dos guerras, ha pasado por varias épocas y en su trayectoria, ha sido testigo de los grandes cambios del séptimo arte. A lo largo de su carrera, que incluye más de 150 películas, Donald Sutherland ha colaborado con los más grandes, como Fellini, Aldrich, Altman, Herzog, Chabrol o Bertolucci. Magnético hasta en la manera de evocar sus recuerdos, el actor canadiense, que hoy tiene 80 años, ha aceptado darse media vuelta para mirar hacia el pasado.

¿Su primer viaje a Cannes?

Vine por primera vez en 1968, con Joanna, de Michael Sarne. Al final de la película, la joven protagonista, desde su balcón en la cola del tren dice: “¡Volveré!”. Y entonces toda la sala gritó: “¡Nunca!”. Esa fue mi primera experiencia en el Festival de Cannes. Luego regresé con Novecento (1900), de Bernardo Bertolucci, y con Como plaga de langosta (The Day of the Locust), de John Schlesinger.

 

¿Cuál es el cine que despierta su entusiasmo?

¡El buen cine! Me gustan las películas que cuentan perfectamente una historia y que iluminan mi vida. Me gusta el cine que me llega adentro, que me llega al alma, que crece dentro de mí, que me infecta, me consume.

 

¿Va a cine con frecuencia?

Así es. Cuando era estudiante en la universidad en Toronto. Siempre tenía una tarde libre y entonces iba a un cine que había en mi calle. Un día, proyectaron una película de un director italiano que no conocía. Después supe que el título de la película era La Strada y que el director se llamaba Federico Fellini. Su esposa, Giulietta Masina, actuaba en la película. La música era de Nino Rotta. Cuando la vi, me enamoré literalmente de la película y salí de allí con un sentimiento de adoración por el cine.

 

¿La Strada fue entonces su primer choque cinematográfico?

No. El primero fue cuando vi Cadenas rotas (Great Expectations), de David Lean, en 1946, con mi madre. En una escena de la película, Abel Magwitch, el personaje de Finlay Currie, da un salto y aparece entre los árboles. Entonces, yo di un salto hasta las rodillas de mi madre y ahí me quedé hasta el final de la película. Fue mi primer choque de pureza cinematográfica. Años más tarde, en 1957, vi otra película, de un tipo que no conocía. Se llamaba Stanley Kubrick y la película era Senderos de gloria (Paths of Glory). Mi vida cambió ese día. Estaba enojado contra el mundo. De solo pensar en esa experiencia cinematográfica siento deseos de llorar. El trabajo de Gillo Pontecorvo también me emocionó hasta lo más profundo. La batalla de Argel (La battaglia di Algeri), en 1966, y Queimada, 1969, con Marlon Brando, dejaron huella en mi corazón cinéfilo.

 

¿Qué recuerdo guarda de su primera audición?

Fue en Londres, para un papel principal. Me encantaba el personaje y lo había trabajado bastante.  Estaba convencido de que me había ido bien en la audición. Y esperaba que mi agente me llamara al día siguiente. Cuando el teléfono por fin sonó, del otro lado estaban el guionista, el director y el productor de la película. El guionista me dijo que la audición había cambiado sus vidas y que después de verme, habían decidido cambiar la manera en que harían la película…y que habían decidido que no trabajarían conmigo. Me quedé sin palabras. Ellos querían a un hombre común y me dijeron que yo nunca sería un hombre común.

“Me gusta el cine que me llega adentro, que me llega al alma, que crece dentro de mí, que me infecta, me consume.”

¿Su primer rodaje?

Fue en 1964 en Il Castello dei Morti Vivi, una película de horror de serie Z de Warren Kiefer, que inspiró el nombre de mi hijo. En el plató conocí a la mujer que se convertiría en mi segunda esposa. Para ella, yo era buen actor y un día preguntó al astrólogo de Mussolini qué me deparaba el destino. Después de analizar mis números fetiches, me llamo y me dijo: “Serás estrella de cine”.  Viví experiencias increíbles en Italia.

 

¿En qué momento de su carrera se sintió plenamente realizado?

Desde el instante en que empecé a actuar. Siempre quise ser actor. Cuando hablé con mi padre, que era comerciante, para decirle que deseaba ser actor, me dijo simplemente: “O.K.”. Otra persona en su lugar me habría dicho que estaba loco. Me pidió que estudiara de todos modos y que obtuviera un diploma de ingeniero en caso de que las cosas no salieran como yo esperaba. Cuando en la universidad supieron que quería ser actor, me dijeron que había una audición, pero inicialmente no quise ir. Pero un tipo apostó un dólar a que obtendría el papel. Entonces fui con la intención de ganar, la apuesta, no el papel. Cuando subí al escenario, se rieron y cuando terminé, me aplaudieron. Me hicieron incluso una standing ovation. Nunca ha vuelto a pasar lo mismo.

 

Usted ha visto la evolución del cine, ¿cómo lo ve en la actualidad?

¡Senil! Antes era mucho más adulto, más hermoso. Por motivos financieros, el cine atraviesa una difícil prueba actualmente, porque la mentalidad es hacer beneficio. Antes, no había ni Facebook, ni Twitter, ni ninguna de esas herramientas parásitas. Cuando M.A.S.H, de Robert Altman, salió, en 1970, no hubo publicidad, pero el éxito que tuvo la primera proyección fue resultado del boca a boca únicamente. Fue proyectada ante el público por primera vez en un cine de Nueva York, en el Upper East Side, a las 9 de la mañana. La fila daba dos veces la vuelta a la manzana. Era otra época y otro negocio.

Redactado por Benoit Pavan

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Jurado En salas el 22.05.16

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Nació en el periodo entre las dos guerras, ha pasado por varias épocas y en su trayectoria, ha sido testigo de los grandes cambios del séptimo arte. A lo largo de su carrera, que incluye más de 150 películas, Donald Sutherland ha colaborado con los más grandes, como Fellini, Aldrich, Altman, Herzog, Chabrol o Bertolucci. Magnético hasta en la manera de evocar sus recuerdos, el actor canadiense, que hoy tiene 80 años, ha aceptado darse media vuelta para mirar hacia el pasado.

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