Oficial | Actualización : 13.02.18 . 09:38

EL CINE JAPONÉS Y EL FESTIVAL DE CANNES

POR NAKAGAWA YOKICHI *

 

La importación, en 1897, del cinematógrafo de los hermanos Lumière marcó los albores del cine en Japón. La primera cámara importada al país fue una cámara Gaumont. Es esta cámara la que permitirá filmar en varias ocasiones geishas a la moda, en los restaurantes tradicionales de Shimbashi, lo que suscitó un gran éxito entre los espectadores.
La película extraída de la grabación de estas geishas se considera como la primera película de entretenimiento rodada en Japón. Por su parte, la que se considera como la primera producción cinematográfica japonesa fue rodada por un ingeniero en fotografía, Tsunekichi Shibata, en 1899. Se trata de la pieza de kabuki Momijigari, con un contenido puramente teatral. Así pues, gracias a estas importaciones de material, Francia ejerció desde el principio una enorme influencia sobre el cine japonés.  

 

 

Kurutta Ippeiji de Kinugasa Teinosuke, 1926

 

En sus orígenes, la principal corriente cinematográfica japonesa fue el jidaigeki, o drama de capa y espada. Poco después aparecieron los dramas contemporáneos. La historia del cine japonés ha conservado en primera fila de los jidaigeki la trilogía Chûji tabi nikki (1927), dirigida por Daisuke Itô, y entre los dramas contemporáneos, Kurutta Ippeiji (1926), dirigida por Teinosuke Kinugasa. Con la llegada de los años 30, irrumpió en la escena cinematográfica el genial Sadao Yamanaka. Por desgracia, fue movilizado y murió de enfermedad en el frente a los 29 años, al norte de China. Sólo se han conservado tres de sus obras: Hyakuman ryô no tsubo (1935), Kôchiyama Sôshun (1936) y su obra póstuma Ninjo kamifusen (1937). Las obras de Sadao Yamanaka son especialmente valiosas, ya que muestran claramente el nivel del cine japonés de antes de la guerra.

 


Kōchiyama Sōshun de Yamanaka Sadao



La derrota de Japón en la guerra se confirmó el 15 de agosto de 1945. Extenuado y empobrecido, el pueblo japonés se vio abocado a sufrir una existencia extremadamente difícil. Pero el público, sediento de diversión, se vuelca en el cine. Se proyectan una gran cantidad de obras occidentales y la calidad artística del cine francés, en concreto, conquistó a los espectadores.
 

Los cuentos de Tokyo de Yasujirô Ozu
 

 

 Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi

 


El cine japonés conoció su edad de oro en los años 50, en especial durante la primera mitad de la década. Una gran cantidad de las obras realizadas en este período han entrado en la historia, comenzando por las obras maestras de Teinosuke Kinugasa, Yasujirô Ozu, Akira Kurosawa, Kenji Mizoguchi, Keisuke Kinoshita o Mikio Naruse. Kaneto Shindô, gran director de los años 50, tiene actualmente 98 años y acaba de concluir su última obra hasta la fecha, Ichimai no hagaki (que podríamos traducir como Una tarjeta postal) en octubre de 2010, sobre un tema antibelicista.

 

Imamura Shōhei en 1987 Kaneto Shindo Ōshima Nagisa en 1986



Fue en 1953 cuando la cadena de televisión NHK difundió sus primeras emisiones y rápidamente el cine vio disminuir su asistencia. A comienzos de los años 60, entraron en escena nuevos directores que no se sentían satisfechos con lo que había producido el cine japonés hasta entonces. Formaban la corriente conocida como la Nouvelle Vague de Shôchiku (a causa del nombre de una sociedad de producción cinematográfica japonesa). Seishun zankoku monogatari (1960), de Nagisa Ôshima, se convirtió en un auténtico fenómeno social. En concreto, es al director Nagisa Ôshima que Japón debe sus estrechos vínculos con el Festival de Cannes, así como a Shôhei Imamura, galardonado en dos ocasiones con la Palme d’Or y, por supuesto, a Akira Kurosawa, que también obtuvo la Palme d’Or en 1980 por Kagemusha.

 

 Kagemusha de Kurosawa Akira

 

 

 

EL FESTIVAL DE CANNES Y YO
POR TAKESHI KITANO

 


El Festival que me marcó más profundamente fue el 52º Festival de Cannes, en 1999, el año en que se presentó en competición El verano de Kikujiro (Kikujirô no natsu). Recuerdo como si fuera ayer los aplausos entusiastas del público, que parecían que no iban a acabar nunca, y sus aclamaciones tras la proyección oficial. Hasta el día de hoy, esos aplausos siguen en mi memoria como una experiencia sin igual, una auténtica tormenta. Durante las proyecciones oficiales en el Festival de Cannes, uno de los mayores temores de los directores es el ruido que hacen los asientos al plegarse, cuando los espectadores se levantan para salir. Mentalmente, ese ruido nos afecta como si fuéramos prisioneros a los que se les anuncia su sentencia de muerte. A lo largo de la proyección, mientras que nuestros ojos están pegados a la pantalla, nuestros oídos se mantienen atentos al ruido de los asientos, como si del sónar de un submarino se tratara. Durante la proyección de El verano de Kikujiro, esta sensación de tensión se mantuvo en suspenso. No fue hasta el momento de los títulos de crédito finales que me di cuenta de repente que no había oído ni una sola vez el ruido de los asientos. En ese preciso momento, el público comenzó a aplaudir y a lanzar bravos. Esta preciosa experiencia me estimuló, y fue gracias a ella que todavía hoy continúo rodando películas. Los festivales cinematográficos hacen crecer a los autores…

 

 

 

 

 

 

 Extracto de El verano de Kikujiro

 

Viví otra maravillosa experiencia en el Festival de Cannes. Fue en 2007, con ocasión del 60º aniversario del certamen, cuando participé en el proyecto A cada uno su cine (Chacun son Cinéma). En esa ocasión, estuve en contacto con numerosos directores talentosos procedentes de todo el mundo. Tener la posibilidad de participar en ese proyecto supuso para mi un gran honor, pero el momento más precioso fue el ensayo de la ceremonia de inauguración donde, mientras hablaba, podía observar ante mí la silueta de todos esos maestros. Ese fue realmente un gran momento. Todavía hoy continúo pensando que tendría que haberlo rodado para que el público lo viviera. 

 

 


One fine day de Takeshi Kitano - "A cada uno su cine"

 

 

Takeshi Kitano

 


 

 

 


 

Japón en Cannes


 

El cine japonés no deja de rejuvenecer, como demuestra especialmente la obra del director Takeshi Kitano. Tras él, Cannes atrae cada vez a más jóvenes directores japoneses desde el comienzo del siglo XXI, y las obras de arte y ensayo tienen como objetivo prioritario la obtención de premios en el extranjero antes que en Japón. Así, hemos visto en Cannes a los directores Hirokazu Kore-eda y Naomi Kawase. Sin olvidar a Masahiro Kobayashi, más conocido en la Croisette que en Japón, que presentó Bashingu en la competición oficial en 2005.

 

 

 Nene Otsuka, Masahiro Kobayashi y Fusako Urabe en 2005 en Cannes con Bashingu

 



A causa de la escasa distribución de las películas occidentales en Japón, las obras que reciben la Palme d’Or en el Festival de Cannes no gozan de una distribución suficiente. Se ha logrado la salida de películas como La clase el pasado junio, El tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas, La cinta blanca (Palme d’Or 2009), De dioses y hombres (Grand Prix 2010), o Copia certificada, pero la de Poesía sigue en el aire. Por otro lado, en Francia, donde las salas de arte y ensayo no levantan el vuelo, las películas se estrenan normalmente entre 12 y 18 meses después de su presentación en el Festival de Cannes.


Un cine confrontado a diferentes problemas

La situación del cine japonés es bastante especial. En Japón, no existe un organismo público similar al Centro Nacional del Cine (CNC) francés, y la gestión de la política cultural sufre un determinado retraso.

En 2004, el CNC y Japón firmaron un memorando de cooperación que sólo estipula un determinado número de puntos sobre los que deben emprenderse esfuerzos comunes.

Actualmente, la gran duda que preocupa al mundo cinematográfico japonés es la ausencia de una escuela de cine pública. Por otro lado, a los directores no les corresponde ningún derecho de autor, ya que estos derechos pertenecen desde antes de la guerra a las sociedades de producción. El sistema de depósito legal de las películas tampoco resulta satisfactorio. Respecto a la actividad de las salas de arte y ensayo, es claramente insuficiente.


La situación actual del cine japonés

El cine se impuso en Japón como el entretenimiento rey antes de la guerra y sobre todo entre 1945 y 1958, año en que alcanzó su momento álgido, con 1.120 millones de espectadores. A partir de ese momento, con la aparición de la televisión, esta cantidad disminuyó radicalmente. Las estadísticas más recientes indican una cifra de 162,2 millones de espectadores al año. De media, los japoneses acuden al cine 1,3 veces al año, es decir, más o menos tres veces menos que los franceses o los surcoreanos. Los ingresos anuales registrados ascendieron en 2010 a aproximadamente 220.000 millones de yenes (2.420 millones de euros) y con esta cifra Japón se consolida como un gran país de cine, ya que se sitúa justo por detrás de Estados Unidos.

Esta situación contradictoria se debe ante todo al precio de la entrada: en Tokio e incluso en Osaka, la entrada normal puede alcanzar los 1.800 yenes, 1.500 yenes la entrada para estudiantes y 1.000 yenes la entrada para mayores de 60 años. Este precio compensa financieramente el descenso de asistencia a las salas. De media, la entrada cuesta 6,14 euros en Francia, 5,1 euros en Corea, 7,5 dólares en Estados Unidos y Japón se descuelga con su cara entrada a 1.217 yenes (es decir, 11,06 euros). Por tanto, podemos afirmar que la industria japonesa del cine se mantiene gracias al elevado precio de las entradas.

 

 


EL RESPETO POR EL CINE
POR YAKUSHO KOJI



Tengo la impresión de que el público que acude al Festival de Cannes para ver las películas posee una auténtica pasión por el cine, y fue en Cannes donde me di cuenta por primera vez de lo numerosos que son los aficionados al cine. Me asaltó la clarísima impresión de que todo el Festival tenía en alta estima al director Shôhei Imamura. En Japón nunca había percibido esa sensación de respeto por los actores y los directores.

A causa del estrés, no recuerdo muy bien la subida de las escaleras. Conservo fragmentos de recuerdos, por supuesto, pero por desgracia, como a Shôhei Imamura le costaba andar, no pudimos subirlas juntos. Recuerdo que me impresionó mucho verle con su bastón, en compañía del presidente Gilles Jacob, mientras observaba la entrada del Palais des Festivals al subir las escaleras. Me emocionó que una película rodada en una ciudad tan pequeña como Sawara, en Japón, fuera recibida en un lugar tan animado como un festival de cine internacional. Y cuando oí la banda sonora original de La anguila, sentí incluso algo más que pura alegría. Mi corazón comenzó a latir con mucha fuerza.

 La anguila d'Imamura Shōhei

 

Para la ceremonia de entrega de premios, el Sr. Imamura tuvo que volver a Japón, así que subí al escenario en compañía del director Abbas Kiarostami, Palme d'Or ex-aequo: la foto que nos tomaron está colgada en mi casa. El día de la entrega de premios, estaba totalmente aterrorizado. Había pensado pasearme por París y pasar allí una noche antes de volver, cuando el productor me llamó. Y en el momento de la subida de las escaleras, Gilles Jacob me susurró: “Creo que no se sentirá decepcionado”. Sin embargo, no confiaba en la Palme d’Or. Catherine Deneuve fue la encargada de entregar el premio.

 

 


Yakusho Kōji, Catherine Deneuve, Abbas Kiarostami

 

Estaba emocionado por que una película producida en esta pequeña isla de Extremo Oriente que es Japón fuera vista por tantos espectadores europeos, y sentí en todo mi cuerpo el profundo respeto que los aplausos mostraron por la película. Pensé que su director era una auténtica estrella.
Hasta entonces no había hecho todavía mucho cine, pero después de aquel Festival de Cannes decidí dedicarme a él por completo.

 

 


* Nakagawa Yokichi es crítico e historiador de cine

 

El Festival de Cannes agradece a los autores su contribución desinteresada.

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Oficial En salas el 27.01.11

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