Oficial | Actualización : 13.02.18 . 09:38

EL CINE FRANCÉS Y EL FESTIVAL DE CANNES

POR NOEL HERPE*

 
 

 


Martine Carol en Caroline chérie


Se escapó la suerte, J. Becker
L'Amour d'une femme, J.Grémillon

¿Quién habló de “qualité française”? ¿Y quién diablos habría podido creer que este sello de calidad quedaría asociado para siempre a un academicismo anquilosado? En realidad, el cine francés de posguerra no era tan académico.

No fue de ningún modo indigno del realismo poético de antes de la guerra, al que ofreció algunas joyas tardías, tan hermosas y desesperadas como antes: Les Portes de la nuit (Marcel Carné, 1946) o Dédée d'Anvers (Yves Allégret, 1948). Al mismo tiempo, supo impregnarse de un neorrealismo a la italiana, incluso a la inglesa, con las grandes “docu-ficciones” de la Resistencia, pero también con las crónicas ambiguas de Jacques Becker (Se escapó la suerte, 1947) o de Jean Grémillon (L'amour d'une femme, 1953). Supo recrear mitos: el de la Belle Epoque, la idealizada edad de oro anterior a la Primera Guerra Mundial, y donde se refugiaron los grandes tránsfugas de Hollywood, como Jean Renoir y René Clair. Supo inventar estrellas: a los “monstruos sagrados” decadentes de los años treinta (Raimu, Harry Baur, Jules Berry), les sucedieron actores más jóvenes, más glamurosos, que encajaban mejor con las utopías de la Liberación. Como Gérard Philipe, en Fanfán el invencible (Christian-Jaque, 1951) o Martine Carol en Caroline chérie (Richard Portier, 1951), entre otras criaturas de ensueño que se convertirían incluso en el propio tema de las películas del genial Max Ophuls.

 

 

Fanfán el invencible, Christian-Jaque, 1951



Puesto que, incluso en esos años cincuenta catalogados como continuistas, el ingenio obtuvo su merecido reconocimiento. Estalla en Robert Bresson, con su “cinematógrafo”, que rechaza todas las convenciones del cine habitual, y obliga al espectador a mirar y escuchar atentamente. Se abre paso en Jacques Tati, que pone a punto una precisa mecánica burlesca para mofarse de los fracasos del mundo moderno (Mi tío, 1958). Ronda por la obra de Henri-Georges Clouzot, excesivo, insoportable, excepto cuando está sometido a las exigencias del género policiaco (En legítima defensa, 1947) o simplemente de otro genio (El misterio de Picasso, 1955).

 


Mi tío, Jacques Tati, 1958


 

En legítima defensa, Henri-Georges Clouzot, 1947




Sobre todo, este cine de posguerra se identificó con una forma muy concreta, ya nada poética…y que podríamos denominar naturalismo. Un naturalismo de origen literario, heredado de Zola y Simenon, autores fetiche de los guionistas de la época, pero que se convirtió en la expresión cinematográfica perfecta del espíritu de la época. Solo el naturalismo, con su mezcla de pesimismo y de idealismo reprimido, podía convocar las sombras de la Francia ocupada (La travesía de París, de Claude Autant-Lara, 1956) o describir los problemas de una cuarta República en pleno declive (a través de la ambiciosa serie judicial de André Cayatte). Dirigidas por hombres de izquierdas, estas películas atacaban tabús muy presentes, limitando al mismo tiempo sus audacias al terreno político. De ahí la impaciencia legítima de una joven generación de cineastas. Estos procedían en su mayoría de una revista creada en 1951, Cahiers du cinéma: criticando la tendencia naturalista de sus predecesores, opusieron en sus textos (y más tarde en sus películas), un gusto que desafiaba lo natural...

 




La travesía de París, Claude Autant-Lara, 1956


Jeanne Moreau en Ascensor para el cadalso de Louis Malle, 1957



Los cuatrocientos golpes, de François Truffaut (1959) y Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard (1960) fueron los primeros hitos de esta “nouvelle vague”. Los rodajes en exteriores, la juventud y la espontaneidad de los intérpretes fueron sus grandes principios. Pero esta renovación de los años sesenta también dio lugar a un cine más cerebral, más estilizado: el de Alain Resnais, que exploraba los mecanismos de la memoria y las representaciones colectivas (Hiroshima, mon amour, 1959), o el de Agnès Varda y Jacques Demy, que reinventaron el cine documental o la comedia musical.



Los cuatrocientos golpes, François Truffaut,1959

 

Al final de la escapada, Jean-Luc Godard, 1960  




A decir verdad, esta nouvelle vague (con sus satélites) representó un papel efímero en la taquilla. No por eso su influencia tuvo un alcance menos internacional. Impuso durante mucho tiempo su “política de autores” y los rostros de actores inolvidables: Jean-Paul Belmondo, Jeanne Moreau, Catherine Deneuve... Fue durante mucho tiempo una escuela, que inspiró toda una gama de tradiciones extraídas de sus padres fundadores. De este modo, podemos identificar una tradición Truffaut, compuesta por una subjetividad romántica y un desahogo afectivo, y que representaron con brillantez en cada generación un Jean Eustache (Mes petites amoureuses, 1974), un Léos Carax (Chico conoce chica, 1984) o un Arnaud Desplechin (Comment je me suis disputé...ma vie sexuelle, 1996).

 

Mes petites amoureuses
Jean Eustache,1974
Chico conoce chica
Léos Carax, 1984
Comment je me suis disputé...
Arnaud Desplechin, 1996

 
 

De igual forma, resulta sencillo distinguir la posteridad de Demy, en el ardiente estilo novelesco que cultivan en la actualidad André Téchiné o Christophe Honoré... Sin embargo, el fantasma del naturalismo está siempre presente. En el corazón de la nouvelle vague, se reencarnó irónicamente en Claude Chabrol, que plasmó sus crónicas burguesas en un estilo frío que no hubieran desaprobado los Clouzot o los Duvivier de antaño.
 
 

 

                               La mujer infiel, Claude Chabrol, 1969

 

 

A  nuestros amores, Maurice Pialat, 1984

La rodilla de Claire, Eric Rohmer, 1970

En los años setenta, recuperó un vigor inaudito gracias a Maurice Pialat, que finalmente dotó de su auténtico sentido a la expresión “retazo de vida”: un trozo de realidad bruta, liberada incluso de la carne. Más recientemente, se prolongó gracias a Jacques Doillon (Le jeune Werther, 1993) o Abdellatif Kechiche (La escurridiza, o cómo esquivar el amor, 2002), cronistas de una identidad francesa en plena recomposición.

Podríamos jugar hasta el infinito a este juego de interdependencias, mostrando por ejemplo la persistencia de una “ficción de izquierdas” o de una autoficción femenina… También podríamos aislar un caso que se ha mantenido único: el de Eric Rohmer, que alternó los ciclos contemporáneos y las películas de época, sin renunciar nunca a su independencia económica, y a su odio puritano por los artificios. Lo que encontramos en todos los casos es una relación con la realidad regida por una geometría variable, pero que constituye la auténtica continuidad del cine francés, más allá de sus controversias internas y de sus aparentes rupturas. Alérgico al género fantástico o a los códigos de la comedia (si exceptuamos a un orfebre tenaz como Jean-Paul Rappeneau), el autor de películas francesas dirige su mirada principalmente hacia el mundo que le rodea, hacia la sociedad de sus semejantes, hacia su historia personal. En esta gran familia que disfruta destrozándose, los niños siguen siendo, en mayor o menor medida, herederos de Lumière.
 

 

Gérard Depardieu y Anne Brochet, Cyrano de Bergerac, JP. Rappeneau, 1990

 

 


 


 

Francia en Cannes
 

Fue una de las misiones del primer festival de Cannes, que debía celebrarse en septiembre de 1939: representar mejor el cine francés, en un momento en el cual la Biennale de Venecia se encontraba bajo la influencia fascista y en que La gran ilusión no había recibido ningún premio en el certamen italiano... Pero hubo que esperar hasta1946 para que el Festival se celebrara finalmente y pudiera restaurar la visibilidad internacional de las películas francesas. Aunque el equilibrio entre las diferentes cinematografías se respetaba escrupulosamente, fue poco habitual durante estos primeros años que una película francesa no figurara en la lista de obras galardonadas. El gran beneficiario de este espaldarazo fue un cineasta brillante que abordó todos los géneros, encarnando al mismo tiempo un neorrealismo “comprometido” y una cierta continuidad con el período anterior a la guerra. René Clément fue galardonado en 1946 por La bataille du rail, en 1949 por Demasiado tarde y en 1954 por Monsieur Ripois (aunque curiosamente no lo fue por Juegos prohibidos, proyectada al margen de la competición antes de hacer llorar a personas de todo el mundo...).




La Bataille du rail, René Clément, 1949



 



Un condenado a muerte se ha escapado, Robert Bresson, 1957

 


En algunas ediciones, el jurado de Cannes coronó obras que generaron una gran polémica, como Un condenado a muerte se ha escapado (Robert Bresson, 1957) o Mi tío (Jacques Tati, 1958). A pesar de haber sido discutida por el joven François Truffaut, la selección francesa recibió en 1959 sus Cuatrocientos golpes, una ironía de la Historia que no escapó a Jacques Audiberti: “Así, en un giro repleto de deleite, ¡el capitán mima a los amotinados! (…) ¡Así, el desterrado regresa, con su bandera en alto, a su patria reconocida!”

Para seguir con otra metáfora, fue sobre todo la espuma “popular” de la Nouvelle Vague la que fue aclamada en la Croisette: la de un puerto de la Baja Normandía, sublimada por los sueños de Jacques Demy (Los paraguas de Cherburgo, 1964), la de la playa de Deauville, filmada con romanticismo por Claude Lelouch (Un hombre y una mujer, 1966). En ambos casos, el encanto de la música contribuyó enormemente al éxito en Cannes.

 





Los paraguas de Cherburgo, Jacques Demy, 1964

Un hombre y una mujer, Claude Lelouch,1966
 

  

 

Hiroshima mon amour, Alain Resnais, 1959


Pero el período fue fecundo en incidentes diplomáticos: en 1955, 1959 y 1966 se produjo la retirada de las películas de Alain Resnais Noche y niebla, Hiroshima mon amour y La guerra ha terminado (bajo la presión de Alemania, Estados Unidos y España, aunque André Malraux fue capaz de mantener Hiroshima en la proyección oficial). También en 1966 se produjo la selección, sometida a una fuerte controversia, de la película de Jacques Rivette La religieuse, con la bendición del propio Malraux… Tan solo después de mayo del 68 y del mini-putsch de un grupo de cineastas franceses la competición de Cannes perdió su faceta protocolaria para abrirse en mayor medida al cine que se estaba haciendo en aquel momento.





La Religieuse, Jacques Rivette, 1966

 

 


No sin dificultades, a causa de la doble vertiente de un festival internacional y nacional. De ahí la nueva distribución de competencias, emprendida en los años setenta por el delegado general Maurice Bessy y confirmada por su sucesor Gilles Jacob a partir de 1978: a partir de 1983, la selección francesa (hasta entonces observada con lupa por el Ministerio de Cultura) fue confiada a un comité independiente, que envía cada año a Cannes tres o cuatro películas escogidas meticulosamente. Acto seguido, la creación de una sección no competitiva (“Un certain regard”), de un premio a la mejor ópera prima (la Caméra d'Or) y, más adelante, de la Cinéfondation, permitió descubrir y hacer descubrir autores más austeros, desde Raymond Depardon hasta Pascale Ferran, pasando por Jean-Marie Straub, por citar solo unos cuantos.

 


Van Gogh, Maurice Pialat, Competición 1991



Poco a poco, este eclecticismo hizo olvidar las polémicas, que durante mucho tiempo constituyeron la debilidad de la cinefilia francesa: en 1973 se silbó el Grand Prix concedido a La maman et la putain, de Jean Eustache, y en 1983 el otorgado a El dinero, de Robert Bresson. En 1987, se abucheó la Palme d’Or concedida a Sous le soleil de Satan, de Maurice Pialat… Pero son también estos certámenes espectaculares los que contribuyen a forjar la leyenda de un festival. Tras los galardones indiscutidos que acaban de recibir sucesivamente La clase (Laurent Cantet, 2008), Un profeta (Jacques Audiard, 2009) y finalmente De dioses y hombres (Xavier Beauvois, 2010), ¿habría que añorar la época de los escándalos?


 

La clase, Laurent Cantet, Palme d'or 2008

 


Un profeta, Jacques Audiard, Grand Prix 2009

 

 

 

De dioses y hombres, Xavier Beauvois, Grand prix 2010


 

 


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* Noël Herpe es escritor e historiador de cine.

El Festival de Cannes agradece a los autores su contribución desinteresada.

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